19 febrero, 2020

Marruecos. Rabat, Fez y Mequinez

Viajeros: Elena y yo
Hospedaje: Riad Meftaha (Rabat), Riad Dar Amebar (Fez) y Riad Dar El Meknassia (Mequinez)
Días: 4 días y medio
Transporte: Avión, tren, autobús y Grand-taxi
Ciudades: Rabat, Fez y Mequinez
Fecha: diciembre de 2017

Para el puente de diciembre de 2017 encontramos unos billetes de avión por unos 150 euros, que para los precios que había en esas fechas estaba bastante bien. A la hora de planificar el viaje estuve investigando si visitar Casablanca, Marrakech, Fez, u otras ciudades costeras. Al final nos decantamos por lo que para mí era la mejor opción para 4 días y medio: Rabat, Fez y Meknés. Posiblemente, las tres ciudades imperiales que menos gente conoce, pues casi todo el mundo va a Marrakech.

Día 1: Llegada a Rabat

El vuelo de Madrid a Rabat tarda 1h y 15 min. En frente del aeropuerto de Rabat hay un autobús esperando, al menos a las llegadas de Ryanair, que te lleva por 20 dh a la estación de tren Rabat Ville, que se encuentra en pleno centro de la capital. En esas fechas 1 euro equivalía a 11 dirhams.

El Riad Meftaha de Rabat, nos gustó bastante y está muy bien situado, justo al lado de la medina, así que decidimos ir andando con las maletas, aunque habría sido mejor coger un taxi, y más sabiendo luego lo baratos que son en este país. 

Una vez instalados en el riad, dimos una vuelta por la medina de Rabat la cual nos causó una buena impresión, cero inseguridad y un ambiente muy animado. Ya había anochecido, y caminamos tanto por las dos calles principales Av. Mohammed V y Rue Sidi Fateh, como por las retorcidas callejuelas más estrechas y oscuras y por las que no es difícil perderse.

Esa noche nos dimos un capricho y cenamos en el Restaurante Dinarjat. Se trata de un bonito restaurante de la medina, que sirve buena comida marroquí. Nosotros comimos una pastela, un tajine de cordero y ciruelas y un couscous de pollo y verduras. Acabamos llenísimos y muy satisfechos, pagando 650 dh (propina incluida),

Día 2: Rabat y llegada a Fez

Después de descansar bien en el riad (es donde mejor dormimos del viaje), nos levantamos a desayunar en él (incluido con la habitación) a las 8:30. El desayuno fue muy parecido, sino idéntico, al del resto de riads (aceitunas, queso de untar, mermeladas, mantequilla, miel, pan, unas tortas parecidas a crepes y otras más parecidas a tortitas, té o café y zumo de naranja).

Para empezar el día, fuimos paseando a la Kasbah de los Oudaya, un bonito barrio amurallado con casas pintadas de blanco y azul que recuerda en cierta medida a Asilah. Es un barrio laberíntico pero pequeñito por lo que no te puedes perder.

Este barrio es como un pueblecito totalmente distinto al resto de Rabat, muy bonito y tranquilo, donde puedes pasar el tiempo haciendo fotos y disfrutando de las vistas. Uno de sus principales atractivos es la puerta de entrada a la kasbah.

Justo al lado encontramos el Jardín Al-Andalus que también merece la pena echarle un ojo.

Como queríamos ver las principales atracciones de la ciudad fuimos directos a la Torre de Hassan atravesando el zoco y aprovechando para mezclarnos en el ambiente de puestos y muchedumbre. Hay puestos muy curiosos, el problema es que, según mi experiencia, el marroquí no es muy amigo de ser fotografiado y mucho menos si no le pides permiso. Cuando quiero fotografiar a alguna persona o puesto en Marruecos siempre intento pedir permiso, aunque tengo que decir que le gran mayoría de veces me han dicho que no. 

El lugar más emblemático de Rabat es sin duda la plaza de la Torre de Hassán y Mausoleo de Mohammed V, rodeada por una muralla de un marrón anaranjado muy típica en este país. Es un sitio muy bonito, pero es importante ir cuando no haya mucha gente pues el cambio es total.

La Torre de Hassan es el minarete de la que debía ser la mezquita más grande del mundo. Se trataba de un proyecto del sultán Yaqub al-Mansur, pero que se paralizó tras su muerte, por lo que lo que quedó fue un minarete de 44 metros y 200 columnas a lo largo de una explanada. 

En esta explanada también encontramos el Mausoleo de Mohammed V, considerado el padre de la Marruecos moderna y muy querido por los marroquíes. Entre otras cosas es uno de los mayores responsables de la independencia de Marruecos de Francia y de negarse a las políticas antisemitas del gobierno francés de Vichy. 

Después de descansar un rato en dicha plaza, fuimos a dar otra vuelta por la medina, viendo la parte de la antigua muralla, con sus puertas que dan acceso a las entresijadas calles. Paseando sin rumbo por la Medina, vimos una peluquería y decidí pelarme y afeitarme, que ya me hacía falta. 

Una vez bien aseado, recogimos las maletas del riad y fuimos caminando a la estación Rabat Ville, donde comimos un kebab y unos farfales que no estaban muy allá pero que eran bien baratos.

El tren a Fez nos sorprendió por lo moderno y económico, los asientos eran bastante cómodos. Nosotros decidimos ir en 1ª clase por 127 dh, porque el vendedor de la ventanilla nos dijo que es la única forma de tener un asiento asegurado, y para un viaje de 3 horas no queríamos arriesgarnos a ir de pie. Eso sí, una vez en el tren nos paseamos por segunda clase y no estaba tan mal, había bastantes asientos libres y éstos, aunque no tan cómodos como los de primera, tampoco parecían malos.

Una vez llegamos a Fez hicimos varios intentos para que un taxi nos llevara al Riad Dar Amebar. Ninguno parecía conocer el Riad ni el nombre de la calle que les indicábamos. Al final aceptamos uno por 40 dh que parecía conocerlo. Como se encuentra en mitad de la parte norte de la medina, donde no pueden entrar coches, el taxista nos dejó lo más cerca que pudo y después tuvimos que caminar un poco. Al día siguiente descubrimos que no era ni tan caro (la carrera con taxímetro habría sido la mitad de precio)  ni tan difícil llegar (indicando que nos llevaran al Hotel Palais Jamaï.

Después de tomar un té moruno en el riad, instalarnos en nuestra bonita pero helada habitación y descansar un rato, cogimos un taxi en frente del hotel Palais Jamaï, que nos llevó a la Bab Bou Jeloud por 8 dh. Dimos una vuelta por la zona y cenamos un menú que incluía harera, tajine o couscous, postre y bebida por 50 dh en el restaurante La Palma, que aunque muy simpáticos los camareros, la calidad de la comida no era la mejor. Hay otros lugares de precios parecidos cuyos platos tienen mejor pinta, como el restaurante de al lado, La Kasbah.

Día 3: Fez

Pasamos una noche de mucho frío en la habitación del riad. Era una habitación de techos altos y puertas antiguas de madera que dejaban pasar el frío de fuera, que en pleno diciembre no es poca cosa. Aunque tuvimos la calefacción puesta toda la noche, la habitación no se calentaba en absoluto.

Nos levantamos a las 8 y tomamos el rico desayuno que teníamos incluido en el riad. Después comenzamos nuestro tour desde ese mismo punto ya que las curtidurías no quedan demasiado lejos y es una buena decisión visitarlas temprano. La razón para visitar las curtidurías por la mañana, y no cuando esté más avanzado el día, es que el sol no ha hecho tanto efecto sobre los excrementos de paloma que usan para tratar las pieles y no huele tan asquerosamente mal.

Llegar a las curtidurías es misión casi imposible, ni siquiera con mi siempre fiel aplicación de Maps.me. Afortunadamente, un chico muy simpático nos vió perdidos y nos llevó sin pedirnos nada a cambio. Allí nos enseñaron el proceso de curtido de las pieles y los productos que vendían. Es increíble el olor que desprende, hay que tener estomago para aguantar las ráfagas que llegaban de vez en cuando. No sé cómo pueden hacerlo lo trabajadores todo el día allí metidos, supongo que uno se acostumbra a todo.

La verdad que tienen algunas cosas de piel muy chulas, como las chupas y maletas de viaje, aunque yo no me podía permitir nada de eso, Elena después de mucho regatear se compró un bolso de piel de camello que consiguió bajar de 1.200 a 400 dh.

Terminamos en las curtidurías y seguimos paseando por la medina, en dirección noroeste para ver los siguientes puntos de interés. La misma medina te sorprende mucho, con puertas preciosas, fuentes con azulejos, orfebres tallando piezas de metal a mano, zapateros, tejedores, etc.

Llegamos a la Plaza Seffarine, en cuyos alrededores se encuentran las tiendas de metal y sus orfebres, cargadas de piezas de mil detalles y grabados. Muy cerca de la misma se encuentra la Madraza Attarine construida en 1325, y con un patio muy bonito. La entrada cuesta 20 dh por lo que merece la pena, aunque sea muy pequeña es realmente increíble el trabajo que hicieron para decorarla.

Justo al lado de la madraza se encuentra la Mezquita El Qaraouiyin fundada en el año 857 y ampliada en diversas ocasiones, llegando a convertirse en la mezquita más grande de África del Norte. Solo pudimos fotografiar la entrada, ya que no permiten el paso a no musulmanes, lo cual me parece una pena.

Tampoco permiten la entrada a no musulmanes en el Mausoleo del Mulay Idriss II. La puerta es muy bonita, con muchos detalles de arabescos, así que supongo que el interior debe ser parecido. Creo que Marruecos sería un país mucho más atractivo para el turista si, como en Turquía, dejaran visitar las mezquitas y otros lugares religiosos.

Queríamos que nos diera un poco el sol después de estar pasando frío en la sombra de las callejuelas, que al ser tan estrechas no dejan pasar el sol, así que salimos un rato a la plaza Rcif, en la que se encuentra la puerta del mismo nombre.

Fuimos a la puerta del Museo Al Nejjarine, donde hay una bonita fuente. No entramos al museo, porque teníamos más ganas de callejear que otra cosa, y no queríamos pagar los 20 dh de la entrada.

Seguimos paseando por la Talaa Sghira hasta llegar a la Bab Boujloud o puerta azul. Es la más bonita de la ciudad, azul por fuera de la medina y verde por dentro. El verde es el color del Islam, y por eso es el  predominante en los edificios históricos de Fez.

Paramos a tomar un té moruno en la terraza del Restaurante La Kasbah, justo enfrente de la Bab Boujloud, y con muy buenas vistas a la misma. Después de pasear en la fría sombra de las callejuelas nos vino bien que nos diera un poco de sol.

Tras pensárnoslo un rato decidimos no entrar en la Madraza Bou Inania, ya que es según habíamos visto en internet, no es tan espectacular como la Attarine, y te hacen pagar 20 dh. Así que preferimos pasear por la Talaa Kbira, arriba y abajo hasta acabar en la Bab Mahrouk, otra de las puertas de la muralla.

Comimos en la terraza del restaurante Nagham Café saliendo por la Bab Boujloud a la izquierda, y que tiene unas buenas vistas a la medina y una comida buena a un precio razonable. Comimos harera, pastella de verduras y queso (algo diferente), un tajine de verduras, pollo y ternera (Royal Tajine) y postre, por 150 dh.

Fuimos a ver un palacio que vimos en internet llamado Palais Glaoui, pero no llegamos a entrar ya que por fuera tenía pinta de casa normal, y de hecho bastante descuidada, y en la entrada había un marroquí que nos quería cobrar 5 euros por entrar, cuando ahí no ponía en ningún sitio que hubiera que pagar nada, así que tras discutir un rato con él decidimos irnos.

Para bajar un poco la comida, fuimos a descansar al tranquilo Jardín Jnan Sbil. Desde allí fuimos paseando a la Mellah o barrio judío, el cual nos decepcionó bastante, pues no tiene nada especial, salvo unos pocos balcones de madera.

Como se hacía tarde decidimos dejar el palacio real para la mañana siguiente y cogimos un taxi a las Tumbas Merinides para ver la puesta de sol que en principio era las 17:11. Las vistas son muy buenas, pero la puesta de sol no es tan espectacular porque hay una montaña que da sombra a la ciudad antes de que el sol se haya ido por completo. 

A la mañana siguiente descubriríamos que nuestro riad tenía una preciosa terraza con unas vistas fantásticas, desde donde habría sido una muy buena opción ver el atardecer.

Desde lo alto de las tumbas caminamos hasta la medina y después de dar un par de vueltas nos fuimos caminando al hotel a descansar yo, y Elena a estudiar que el viernes siguiente tenía un examen importante y el viaje le había pillado un poco en medio.

Día 4: Mequinez

La noche anterior pedimos que nos cambiaran de habitación porque, aunque era muy bonita, al tener techos tan altos y encontrarse en la planta baja era heladora y no había manera de calentarla con la calefacción. Nos subieron a una habitación más pequeña en la 3ª planta que conseguimos calentar en nada.

Después cogimos un taxi a la estación de tren, no sin antes hacer una breve parada en la puerta del Palacio Real. El taxista era muy simpático y no paramos de hablar. La carrera salió por 30 dh.

Compramos dos billetes en segunda clase a Mequinez por 22 dh cada uno. Nos metimos en un compartimento “privado” en el que íbamos comodísimos, aunque se nos terminó por acoplar un hombre. El viaje en tren a Mequinez dura menos de 30 min.

Al llegar a Mequinez cogimos un taxi hasta nuestro Riad Dar El Meknassia, que se encuentra muy cerquita de la Bab Mansour y la Plaza El-hedim.

Nuestra primera visita iba a ser el Mausoleo del Mulay Ismail, quién hizo capital de la nación a Mequinez y mando construir distintos edificios importantes como la Bab Mansour. La suerte no estuvo de nuestro lado, ya que el mausoleo se encontraba en obras y no se podía visitar.

Después de esta decepción, seguimos paseando bordeando la muralla del Palacio Real. Por el camino nos encontramos algunas bonitas puertas, y guardias y policías apostados en ellas que no te dejaban sacarlos en las fotos.

Tras bordear gran parte del palacio real, en el que salvo 3 puertas, todo es muro marrón, llegamos a los graneros y caballerizas reales. La entrada son 10 dh pero merece la pena verlo, sobre todo las caballerizas que son inmensas.

Tras otra buena caminata bordeando las murallas, llegamos de vuelta a la zona de la Bab Mansour. Esta es la puerta principal a la medina de Meknés, una puerta impresionante que se abre a la plaza con más vida de la ciudad, la Plaza El-hedid. Cuentan que cuando el arquitecto terminó la puerta, el sultán Mulay Ismail le preguntó si podría hacer una obra incluso mejor y al responder este que sí, el sultán se enfureció tanto que lo mandó matar.

Con la puesta de sol, al menos los sábados, esta plaza se pone abarrotada de gente y de puestecillos. Comimos un kebab, unos pinchitos y dos tés morunos en uno de los locales de la plaza por unos 100 dh.

Una vez comidos, nos metimos en las laberínticas callejuelas del zoco, en el que nos perdimos varias veces. Aún así terminamos llegando a la Madraza Bou Inania. Esta madraza, del mismo nombre que la que dejamos de ver en Fez, es mucho más bonita, en mi opinión que la de su ciudad vecina. Realmente merece la pena pagar los 10 dh de la entrada. Además se puede subir a la azotea desde donde se ven algunos minaretes de las mezquitas.

Después de visitar esta maravilla, seguimos paseando por el zoco en dirección al Mausoleo de Hadi ben-Aissa, que nos había recomendado un viajero pakistaní con el que coincidimos en la plaza el-Hedim. Pero claro, éste al decirnos que estaba abierto y se podía visitar, creo que desconocía el hecho de que no dejan entrar a los no musulmanes en la mayoría de edificios religiosos de Marruecos.

Así que solo pudimos ver el mausoleo por fuera y asomarnos solo un poco, porque dentro estaban dando un sermón y no queríamos que nos llamaran la atención. 

Como no teníamos mucho más que ver o hacer salvo pasear, nos paramos donde unas señoras pintaban con henna y Elena se pintó una mano.

No sabemos si el mercadillo que encontramos por la Av. Sekkakine está todos los días así de ambientado o es sólo los sábados, pero eso era un hormiguero. De hecho una mujer con velo y túnica se pegó por detrás mucho más de lo que sería políticamente correcto y me tocó bastante más de lo que me habría esperado de una mujer de su edad, bien tapadita con el pañuelo. Pero ella y el grupito de amigas se partían.

Cuando conseguimos salir de aquella marabunta, al final algo agobiados, subimos a tomar un té a una de las terrazas que dan a la plaza el-Hedim, para disfrutar de la puesta de sol y de la música de la plaza.

Esa noche cenamos en Ma Boheme, un riad regentado por un italiano y su mujer marroquí, y donde hacen unas pizzas muy grandes y buenas. La pizza, dos bebidas y la propina salió por 200 dh, algo más caro que cualquier restaurante de la calle, pero queríamos cambiar la comida marroquí por una vez en el viaje.

Día 5: Volubilis y vuelta a España

Nuestro avión a Madrid salía desde Rabat a las 21:30, y habiendo visto Mequinez y Rabat, decidimos que teníamos tiempo suficiente para visitar las ruinas de la ciudad romana de Volubilis.

Para llegar hay varias opciones, las más habituales entre los turistas son las siguientes dos:

      • Contratar un taxi privado o transporte del hotel para que te lleve, espere en la puerta mientras haces la visita y te traiga de vuelta. Esto nos lo ofrecieron por 300 dh, pero al no ser lo que queríamos nisiquiera regateamos, aunque seguro que se puede conseguir por mucho menos.
      • Ir en grand taxi (turismo normal en el que meten a 5 personas + conductor) de Meknés al pueblo Moulay Idriss por 10 dh/persona. Y de ahí otro taxi a Volubilis por 5 dh/persona.

Los grand taxis de Mequinez a Moulay Idriss se cogen en frente del Instituto Francés de Mequinez. El viaje a Moulay Idriss lo teníamos garantizado pues muchos marroquís van para allá, el problema iba a ser ir a las ruinas y volver de ellas, ya que estábamos en temporada baja y casi no había turistas.

Y así fue, a Moulay Idriss llegamos bien, pero de ahí a Volubilis tuvimos que pagar 15 dh/persona al ser los únicos que queríamos ir en ese momento.

La entrada a las ruinas cuesta 10 dh, y hay varios guías en la puerta para hacerte el tour, pero preferimos hacerlo por nuestra cuenta. Después me dijeron que merece mucho la pena contratar a uno de estos guías, que por unos 5 euros te explican todo muy bien.

Algunos edificios como el arco del triunfo, columnas y mosaicos están muy bien conservados, para el resto debes usar tu imaginación. En total hicimos las ruinas al completo en hora y media, y la verdad que mereció la pena para completar el viaje.

Por fin, tocaba buscarse la vida para volver a Mequinez así que tanteamos a algunos turistas que salían de visitar las ruinas para ver si podían llevarnos a Moulay Idriss, pero o bien se iban dirección Tanger (la opuesta), o el coche iba lleno, o habían pagado por un transporte privado y no parecían muy por la labor.

Así que terminamos juntándonos con una pareja marroquí joven y bastante simpática con la que, después de unos 30 min esperando, compartimos un taxi que pasó por allí. Además de ayudarnos a conseguir el taxi, ¡lo pagaron ellos! Este tipo de gestos de amabilidad no son los primeros que me pasan en Marruecos, y es una de las principales razones por las que cada vez me guste más visitar este país.

Una vez en Mulay Idriss encontrar un grand taxi a Meknés fue casi automático. Llegamos de vuelta al instituto francés y tras comprar un par de cosas para comer en el tren, recogimos las maletas del hotel y fuimos en taxi a la estación por 10 dh.

Compramos un billete en segunda clase para el tren que salía en 25 minutos a Rabat por 69 dh/billete y nos comimos las empanadillas de pollo, cebolla y almendras (2,5 dh cada una) y un bocadillo relleno de TODO (patata cocida, aceitunas, masas fritas, arroz, remolacha, tomate y salsa picante).

Una vez en Rabat, hicimos una merienda cena con los dírhams que nos quedaban, guardando 40 para el trayecto en bus al aeropuerto, que se coge enfrente de la estación de tren. En el bus éramos todos españoles, y el ambiente estuvo muy animado con gente repartiendo zumos y comida que no iban a meter en el avión, aquello parecía un mercadillo marroquí. 

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